Nunca duerme esa carretera, vida de tortura: una gota cayendo cada poco tiempo, hoyando la piel hasta volverte loco, como un dispositivo de poder cuando llega a su fin, a su transformación, cuando dos eras se juntan y se producen seres amorfos que no encajan en ninguna parte, andando y mirando al cielo, intentando encontrarse.
Los coches pasan. Nunca y siempre la misma carretera, un anonimato amigable que sólo llega a descubrirse cuando actúa, cuando no se le espera, o mejor dicho, cuando precisamente se le espera, porque sus actos son alegales. Qué incómoda la alegalidad, el acto molesto del que nadie ha dicho nada, la acción que crea, un movimiento artístico.
En el momento del apagón volvimos a nuestra condición de dioses terrestres, dedicándonos a la contemplación del universo. Al encenderse la tele también. Me empiezo a arrastrar como un caracol, dejando restos por el camino, como un camión nocturno por esa carretera, o de eso estaba yo convencido...
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