Es eso que se repite en la repetición lo que diferencia.
Con un quiero y no puedo abro los ojos y
miro quién soy antes de seguir, como Proust.
La ironía del momento es lo que me hace salirme,
lo que crea una espiral que no tiene un porqué de acabar.
Cuando me palpo el brazo, banquete de mosquitos,
me siento en la playa, jugando a un juego inventado,
viviendo el recuerdo porque me aterra estar quieto,
pese a estar quieto.
Tras tres rejas siente un dueño, mira arriba,
mira abajo, mira fuera, entre las rejas.
Mira fuera, hacia lo blanco, pensándose muerto.
Y mientras se piensa así, más rejas, más blanco limitado,
más cercos conceptuales, menos risa, menos blanco.
El que nos pide danzar no es cojo, no tiene piernas.
Se quedó sin swing, sin ritmo.
Orejas de murciélago, esperando el momento, la pierna pasando,
la pierna que cae en la trampa, la victoria antes de guerrear,
el camaleón anónimo, el que vigila que la mosca se pose,
que renuncia a la pereza por la necesidad de la presencia,
el que asume el riesgo sin asumirlo.
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